Un “carnaval” de colores; atuendos cargados de fantasía y erotismo, figuras y destellos; cadencias y bailes que invocaban nuevos conceptos de belleza, entre fridas, darkies, freskies, hadas, policías, osos, paulinas, britneys y ladygagas; gritos en altavoces que pedían respeto a la diversidad y diversión… Damas y caballeros “muy femenin@s” o “muy masculin@s” inundaron el 26 de junio del 2010 las calles del Centro Histórico del Distrito Federal. Era la ya famosa y tradicional “Marcha del Orgullo Lésbico Gay Bisexual Transgénero Transexual e Intersexual (LGBETI)” –o simplemente “La Marcha Gay”, como se le conoce coloquialmente- en su trigésima segunda edición.
La gran diversidad en arreglos corporales, bailes y voces –inherentes a la aún mayor diversificación de la sexualidad- podría catalogarse, en un día normal (de esos cuando la gente sale con sus aburridos trajes grises de la oficina; o los muy atrevidos, con jeans deshilachados) como una rareza… pero era el día del “Orgullo LGBETI”, que obligaba a romper los cuadrados esquemas de extravagancia… o hacer de los “aburridos”, una subespecie particular del género humano… por unas horas.
En una de las principales calles del centro capitalino, Francisco I. Madero, resaltaba el más claro de los ejemplos de que la diferencia hace a la “rareza”; muchas veces cuestionada y juzgada, pero otras tantas aprovechada para sobresalir entre los monótonos mares de la cotidianidad industrial. Me refiero a un trío que bien podría llamar “trovadores del rock” o “Street Rockstars”.

Su escenario, la fachada de un grisáceo edificio al lado de la tienda de tecnología “Radio Shack”, en medio de las partículas de polvo alborotadas por los trabajos de mantenimiento del corazón del País… y la multitud que se conglomeró alrededor de este trío trovador, cuyas melodías contrastaban con los altos decibeles de A quién le importa, No soy una señora y Me solté el cabello…



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